Empezó todo como un juego. Con un “pico” entre risas y entre amigos. Ese “pico” lo convertirte en un “beso” y con ello empezaste una verdadera historia de culebrón. Una historia en la que tuvieron lugar confusiones, triángulos amorosos, mentiras, intentos de ir más allá… Un sinfín de anécdotas que convertimos en juego.
Pero una noche el juego se rompió. No aceptaste las reglas de éste e intentaste dar un paso más. Una declaración cargada de sentimientos me hiciste, en medio de la calle, rodeada de gente. Aún sabiendo lo que había entre los dos lo hiciste. Me pediste que te mirara a los ojos y negara que te quisiera. Y con duras palabras me dejaste allí sola en medio de la calle, rodeada de gente, sin saber qué hacer ni qué decir. Me hiciste sentir culpable durante meses con tu silencio. Un silencio que jamás podré olvidar, porque decidiste romper un juego y lo más importante: una amistad.
Ahora, después de tanto tiempo y meses de silencio decides hablarme. Me debes una explicación. Llega con retraso, pero te escucho. Me importa y me importas. Te has dado cuenta de que no puedes seguir engañando a la gente y aún menos seguir engañándote a ti mismo. Has reconocido lo que tanto miedo te daba y te entiendo. Me pides perdón por todo lo vivido, por las mentiras, por las lágrimas derramadas, por las duras palabras… Me engañaste, engañaste a los tuyos y te engañaste. Pero has decidido aceptar quien eres y lo que quieres. Y a pesar de lo mal que me lo hiciste pasar en su día por no tener una explicación, por hacerme sentir culpable de algo que no entendía y, sobre todo, por perder un amigo, por fin, te has sincerado conmigo y con los demás, pero especialmente contigo mismo.
Pero una noche el juego se rompió. No aceptaste las reglas de éste e intentaste dar un paso más. Una declaración cargada de sentimientos me hiciste, en medio de la calle, rodeada de gente. Aún sabiendo lo que había entre los dos lo hiciste. Me pediste que te mirara a los ojos y negara que te quisiera. Y con duras palabras me dejaste allí sola en medio de la calle, rodeada de gente, sin saber qué hacer ni qué decir. Me hiciste sentir culpable durante meses con tu silencio. Un silencio que jamás podré olvidar, porque decidiste romper un juego y lo más importante: una amistad.
Ahora, después de tanto tiempo y meses de silencio decides hablarme. Me debes una explicación. Llega con retraso, pero te escucho. Me importa y me importas. Te has dado cuenta de que no puedes seguir engañando a la gente y aún menos seguir engañándote a ti mismo. Has reconocido lo que tanto miedo te daba y te entiendo. Me pides perdón por todo lo vivido, por las mentiras, por las lágrimas derramadas, por las duras palabras… Me engañaste, engañaste a los tuyos y te engañaste. Pero has decidido aceptar quien eres y lo que quieres. Y a pesar de lo mal que me lo hiciste pasar en su día por no tener una explicación, por hacerme sentir culpable de algo que no entendía y, sobre todo, por perder un amigo, por fin, te has sincerado conmigo y con los demás, pero especialmente contigo mismo.
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